Viajar a las costas visitadas por Simbad el Marino no es cosa menor. El intrépido nauta de Bagdad descubrió a los que leyeron las “Mil y una noches” que Serendib estaba repleta de riquezas y bellezas, pero se nos antojaba remota e imposible emularlo ¿dónde estaba aquél mundo lleno de exotismo? ¿sería una invención del genial escritor, un Shangri-La tropical al que sólo es posible llegar soñando?. La respuesta es clara: no.
Se llega, eso sí, desde España, en un montón de sufridas horas de avión; se llama desde 1972 Sri Lanka, pero a mí me gusta llamarla como cuando fue colonia británica: CEILÁN.
Es una isla que se encuentra a poco más de 6,5º al norte del ecuador y al sur de la India, de la que es tributaria de muchas costumbres. Es, por lo tanto, desde el punto de vista ecológico, un país netamente tropical; con dos estaciones: una seca y otra lluviosa gracias a los monzones.
Conviven pacíficamente, aunque no mezcladas, todas las religiones, ahora con un avance importante del Islam por la inmigración, pero su población natural abraza con verdadero fervor el budismo; religión esta muy anterior al cristianismo y que se desarrolló a partir de las enseñanzas difundidas por su fundador, Siddhartha Gautama (Buda) por el siglo V a.C. Unos 20 millones de almas la habitan en una superficie que es poco más que la décima parte de España; hay mucha gente por todas partes porque no hay grandes ciudades. Su IDH (ídice de desarrollo humano) es medio según Naciones Unidas, pero parece superior; las trombas de niños y niñas al terminar el horario escolar, uniformados de impoluto blanco con corbatillas distintivas de colores según el centro, debe ser uno de los motivos de esa sensación; tampoco será fácil que veas mendicidad y mucho menos en niños, el trasiego de actividad, con atascos siderales por las deficientes redes de transporte, será la característica de tu día a día en los núcleos urbanos importantes.
No debo olvidar en esta breve descripción hablar de la gente, esos anónimos con los que te cruzas, con el taxista, con el conductor de tuc-tuc (maravilloso invento de triciclo capotado que debiéramos imitar en nuestras ciudades), el vendedor del mercadillo o el vigilante de monumentos. La pregunta que se me plantea es siempre la misma en lugares similares ¿cómo es posible que un pueblo tan afectuoso y delicado se vea envuelto en una cruel guerra civil hasta hace poco más de un año, una guerra que durante 19 años se ha cobrado la vida de 65.000 personas?. Nada de esa tragedia te hará sentir temor o inseguridad y sólo te lo recordarán los in memóriam de los soldados abatidos en algún cruce o los, todavía exhaustivos, controles del ejército en lugares especialmente sagrados o que han sufrido atentados. Lotos y ofrendas portan las personas, no armas; ceder el asiento en el tren abarrotado y destartalado al extranjero derrotado por el sofoco tropical es la prueba de lo que digo: educación y amabilidad es la nota predominante.
El recorrido de la isla exige visitar sus centros histórico religiosos: Anuradhapura la antigua capital al norte, Polonnaruwa con sus restos de Budas gigantescos tallados en el gneis, Bambulla con sus asombrosos templos en las cuevas primorosamente policromadas trufadas de Budas, Mihintale con Buda blanco níveo en asana de loto bendiciendo en la colina, Siguiriya o la roca-valuarte de cuarzo incrustada en la planicie con las cortesanas dibujadas en la roca viva mirándote durante el ascenso. Tampoco puedes dejar pasar Kandy con su “Templo del Diente”, que hace referencia a la reliquia de Buda que contiene y es lugar de peregrinación y devoción del budismo; dejar allí una palmatoria alimentada con aceite coco y unos pétalos de flor de loto por los propios consolará, al menos unos minutos, el espíritu más ofuscado.
Sin embargo, dejando nota de la importancia y necesidad de visitar lo mencionado, yo me quedo con otros aspectos y con los que siempre relacioné a este país: con su naturaleza. Sus parques naturales son una joya en todos los aspectos, pero para el lector menos informado le sorprenderá saber que la isla tiene la mayor población de elefante asiático salvaje del planeta; cuatro mil quinientos gigantes censados que tranquilamente pueden verse pastando al caer el sol junto a carreteras y caminos y a los que es conveniente no confundir con el tímido y entrañable Dumbo, al menor indicio de sentirse molestados te embestirán, haciendo valer la supremacía que durante miles de años de evolución ha gozado su especie como rey indiscutible de la jungla y la sabana. La observación de estas fabulosas criaturas en su hábitat natural dejan a cualquiera noqueado. Yala será el que todos te recomienden, pero es demasiado grande para un viajero con poco tiempo, yo prefiero Uda Walawe, más pequeño y con una densidad de paquidermos que te será imposible evitar el verlos y si escoges este destino, hospédate un par de noches en el hotel Kalu, pegado al parque y propiedad de una estrella local del críquet –deporte nacional- al que, si tienes suerte, podrás encontrar por allí y charlar con él, es una persona entrañable a la que entenderás que sus vecinos admiren y respeten.
Otros dos lugares que no podré olvidar son el Parque Nacional de Horton Plains y el jardín botánico de Kandi. El primero supone una anormalidad ecológica que lo convierten en único; una meseta con pequeñas colinas ¡¡ a dos mil quinientos metros sobre el nivel del mar!! ¡¡ en una isla tropical ¡!; es casi imposible que veas un bosque de rododrendos tan grande; sumido en densa niebla, casi entre nubes, y asomarse al vacío sobre el valle en el “world´s end” te dejará sin aliento. El segundo paseo, más relajado y a nivel de toda la isla, es el botánico de Kandy; pasear al olor de claveros (árbol del clavo) y cinamomos (árbol de la canela), o adentrarse al criadero de las orquídeas, serán sensaciones de olor y color que quedarán en la parte del cerebro que comunica, directamente, con el alma.
"A mi hermana a la que, por pudor, nunca le dije lo mucho que la quiero." (Madrid-España, 2010)
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