Burkina Faso, Alto Volta para los que estudiamos bachillerato, es un país que se encuentra al Oeste de África, entre los meridianos de Greenwich 9ºN y 15ºN. Vecino de: Mali, Níger, Benin, Togo, Ghana y Costa de Marfil, con una superficie de 274.200km2., aproximadamente la mitad que España.
Tiene dos estaciones: la seca, de Septiembre a Noviembre, con temperaturas que pueden superar los 45º Celsius en la zona Noreste cercana al Sahel y la lluviosa, de Diciembre a Febrero con precipitaciones superiores a los 1.300 mm./año en el Suroeste.
Encontramos veintiocho etnias diferentes y sus diferentes lenguas, entre las que destacan: Mossi, Peul, Bobo, Lobi, Mandé y Senufo. Afortunadamente para mi supervivencia, el francés está muy extendido por su pasado colonial. La religión principal en la población rural es la animista.
Aunque existen ciudades importantes como Ougadougou su capital, Bobo-Diulasso o Banfora, el nivel urbano es muy bajo en relación al rural, siendo, por tanto, la agricultura la mayor ocupación de la población burkinabe con niveles salariales inferiores a los 20.000 CFA ( 30 euros) mensuales.
Con estos breves antecedentes, una carta de la ONG “Delwende” que me acreditaba como colaborador, cuarenta kilos de material médico y escolar y el compromiso de trabajo para un proyecto con el Ministerio de Medio Ambiente burkinabe, me presenté en el aeropuerto de Madrid. Ilusión e incertidumbre no me faltaban en la maleta.
Mucho se puede contar de diecisiete días viajando por el corazón del África que aflora, desde la edad del bronce a la del teléfono móvil en sólo quince años, pero no hay espacio suficiente. Perdido en aldeas remotas donde los bebés gritan aterrorizados al ver un blanco y se calman al ver aparecer un caramelo de mi bolsillo, la sonrisa de estos pequeños es lo que se ha quedado entre todos mis cuadernos de notas. Si alguien piensa que padecer enfermedades, incomunicación, o carecer de coche, apartamento y vacaciones, soportando trabajos a temperaturas en las que ni mi gorra ni el fotoprotector me evitaban chorrear por todas las costuras, hacen perder la sonrisa a la gente….se equivoca. La simple ilusión de verse reflejados en la pantalla de mi cámara digital provocaba tal regocijo que me hacía pensar si yo no veía algo que ellos sí podían ver. Repartir pequeños caramelos era la fiesta del día y agradecer con poco más de un euro los conocimientos de un agricultor en plena faena sobre sus labores, me hacían portador de todas las bendiciones; puede que alguien encuentre explicaciones, yo no.
Dejo mis fotos, unas pocas entre las casi 1.200 que hice. Espero que sepáis disfrutarlas.
Mando agradecimientos a DELWENDE que me facilitó poder hacer útil mi viaje, a la madre Constancia que gestionó mis hoteles y atendió todos mis correos y llamadas, a la “choferesa” africana Silvie por esa alegría que tanto admiro y necesito, a mi gran amigo y guía Ablo sin el que nada hubiera sido lo mismo, a Moniqe del hotel “Palmiere” que me lo presentó, al comisario Koama que atendió mis demandas, a Raso Ganemtore que me ofreció su película sobre los cocodrilos sagrados, a Mane que me lo presentó, a Helene periodista canadiense que me ofreció sus fotos, a David y Angel cooperantes de la ONG EMSIMISION que me hicieron llevadera la espera en Casablanca, a Fátima, Setau, Abutur, Mustafa, Savine, Alasan, Sara…….que me regalaron su sonrisa. Mi afecto y cariño a todos.
Dedicado a mis sobrinos: Beatriz, Patricia y Diego.
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