Resulta sorprendente como, de un día para otro, pueden cambiar las cosas, o cómo ideas y pensamientos por unos se clonan en los otros. No sabría con cuál de las dos hipótesis quedarme para asegurar que, bajo mi experiencia, Burna, Birmania, o ahora Myanmar, no es lo que me habían contado ni lo que había leído en mis preparativos.
Burna, como a mí me gusta llamarla, se encuentra en el Sudeste asiático, encajada entre los gigantes India y China. Hereda de ambos cultura y modelos, pero es completamente distinta y original. Lamentablemente famosa por la encarcelación de la premio Nóbel de la Paz, Aung San Suu Kyi , que incluso instó a no visitar su país para no financiar la odiosa Junta Militar que somete a su pueblo desde 1962 con una brutalidad escasamente conocida; algo que me hizo dudar en un principio sobre la conveniencia, o no, de ir. Sin embargo, mi vocación docente pudo a los reparos y allí me fui para poder constatar lo que luego explicase a mis alumnos: que el índice de desarrollo humano es bajísimo pese a sus enormes capacidades, que el grado de represión sigue siendo intolerable y que el "indicador de Gini" (reparto de la riqueza) constata la corrupción de los dirigentes que, como tantas veces, viven de espaldas a sus gobernados; resulta más cómodo que te lo cuenten y creeerlo, pero no todos aceptamos esos caminos y preferimos verlo y dar nuestra solidaridad de primera mano.
Un país que, pese a lo idílico que nos lo vendan, es duro de visitar, incluso por las zonas permitidas por el gobierno; el resto, más de la mitad, está absolutamente prohibido y tu vida no está garantizada. De hecho, la visitita que tenía programada a una ONG que recoge refugiados birmanos y que se encuentra a escasos 15 Km. de la frontera, es imposible de alcanzar por territorio birmano y hay que pasar a Tailandia para, desde Bangkok , llegar, dando un rodeo de cientos de kilómetros. Espero que su fervorosidad religiosa, palpable por todas las esquinas, les ayude allí donde los humanos nos es imposible llegar y sea Buda quien cuide y vele por sus vidas, me empeño en querer creerlo.
Tampoco la pretendida reciente apertura al exterior ha favorecido a los ciudadanos y a sus vidas que chapotean en el barrizal de los monzones de forma permanente y universal. Lo peor de una globalización comercial depredadora, con los chinos a la cabeza, se está encargando de esquilmar un país rico en recursos naturales: minas de metales preciosos, gemas, madera de teca y exóticas de alto valor y, recientemente petróleo y gas, extraídos por compañías carentes de todo escrúpulo que dejan escasos beneficios, salvo a la Junta Militar, además de un destrozo medioambiental considerable, algo ya característico en la forma de actuar de esos nuevos ricos de dudoso futuro (pese a lo que digan tantos admiradores suyos, no es mi caso) que son los chinos, copiones de lo peor de nuestros modos y pésimos imitadores de la calidad que también tenemos.
Sin embargo, y dejando claro que podría haberme evitado la sucia Yangon y la antipática Mandalay, sería injusto descalificar toda una nación de más de 50 millones de habitantes y superior en un 20% la superficie de España por unas pocas experiencias desagradables de las que los birmanos no son responsables y para resarcirme, para dar cansancio a mi músculos, para descansar mi cabeza, para entender a los birmanos, puse mis pies a funcionar desde la ciudad de Kalaw en las montañas, hasta el lago Inle. Dos días de caminata por la montaña regada por esa lluvia templada y repentina, entre arrozales, bueyes de agua, en territorio Shan (el más numeroso del país), con pernocta en un monasterio budista de monjes herméticos, rodeado de oscuridad, te hace entrar en la noche de los tiempos y , desde ese viaje al pasado, hacer que todo merezca la pena, hasta la lesión de rodilla que me traje.
Y todo vale la pena por ver regresar, a la caída de la luz del trópico a hombres, mujeres y sus bestias a su aldea, como si el tiempo se hubiera detenido hace mil años, como si todo fuera ajeno a ellos de manera voluntaria y fuera mi modo de vida lo que les resultase de compadecer y nada envidiable. Puede que tengan razón.
Dedicado a mis sobrinos: Beatriz, Patricia y Diego. (Madrid-España, 2011)
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