Cuando vemos el cauce de un río pelado, sin vegetación en sus márgenes, sabemos que eso no es lo natural e intuimos que el río se tiene que ver afectado por esa falta, pero la mayoría de las veces no valoramos, en su justa medida, la importancia que la vegetación de ribera tiene para el ecosistema fluvial.
La vegetación que crece naturalmente en las orillas de los ríos constituye un elemento esencial para el buen funcionamiento de los ecosistemas fluviales. Cuando desaparece, generalmente producto de la acción humana, los propios ríos pierden una parte importantísima de sí mismos, convirtiéndose, en los casos más extremos, en meros conductos del agua de escorrentía. Las funciones que cumple la vegetación de ribera son múltiples, pasando muchas de ellas inadvertidas para los no iniciados en el mundo de la ecología. Fuente esencial de materia y energía en los tramos de cabecera, estabilización de las márgenes y freno a la erosión de las orillas, filtro de nutrientes que reduce la eutrofización de las aguas, sombreado del cauce que limita el calentamiento de las aguas y permite una mayor oxigenación, refugio para la fauna, tanto acuática como terrestre, corredor de conexión entre ecosistemas naturales y, por supuesto, valor paisajístico, son las funciones más destacables de la vegetación ribereña. En las líneas siguientes se intentará hacer un somero repaso a todas esas funcionalidades, con el objetivo de evidenciar la importancia de mantener en buen estado la flora natural ribereña, pero antes de entrar en materia resulta oportuno definir qué es la vegetación de ribera. |
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El bosque ribereño aparece, como no podía ser de otra manera, muy ligado a las aguas superficiales. Se distribuye por el territorio a modo de red, envolviendo, como una funda protectora, los cauces fluviales.
Las especies vegetales de ribera están provistas de una serie de adaptaciones que les permiten vivir en las condiciones de inestabilidad de esos ambientes: variaciones en el nivel del agua, grandes velocidades de corriente, etc. En este sentido es bien conocida la capacidad de rebrotamiento de muchas especies hidrófilas (de ambientes muy húmedos) tras ser dañadas sus partes aéreas, presentando un crecimiento rápido y una elevada tasa de renovación.
Las especies florísticas que componen el bosque de ribera pueden variar en función de la altitud, la latitud, la climatología y el suelo, pero suelen seguir un patrón común acomodable a grandes extensiones del planeta: generalmente aparece una primera banda de vegetación formada principalmente por sauces de porte arbustivo, especies que están especialmente adaptadas a soportar las inundaciones periódicas y la fuerza de arrastre de las aguas en las avenidas. Un poco más alejados del agua, o pegados a ella pero en tramos menos castigados por las riadas, aparecen los alisos y los sauces de porte arbóreo, acompañados, en ocasiones, por chopos, álamos, fresnos, olmos y abedules. La sucesión de especies vegetales desde el cauce fluvial hacia fuera está en función de las condiciones ambientales particulares de cada zona y del nivel alcanzado por el freático en cada tramo, no resultando raro encontrar árboles de formaciones boscosas adyacentes en plena ribera.
En los tramos de cabecera, donde la composición de especies y las relaciones
entre ellas son bastante más sencillas que aguas abajo, la caída otoñal
de las hojas de los árboles situados en las orillas del cauce supone una
fuente de materia orgánica, y por tanto de energía, de gran importancia
porcentual.
Las hojas caídas son degradadas por hongos (capaces de destruir la celulosa
de las hojas, haciéndolas digeribles) y bacterias, y comidas posteriormente
por invertebrados acuáticos (crustáceos anfípodos como las llamadas pulgas
de agua, e insectos tricópteros y plecópteros) que convierten en finas partículas
la materia vegetal caída de los árboles circundantes.
Con ese primer paso se da entrada a materia (y energía) exógenas en el entramado
del ecosistema fluvial. Luego, otros insectos se ocuparán de aprovechar
las partículas que arrastra la corriente, para lo cual han desarrollado
órganos filtradores apropiados, y los depredadores (tanto peces como crustáceos,
insectos, etc.) se alimentarán de los que ramonearon las hojas.
Filtro verde y estabilidadLa vegetación de ribera es capaz, a través de su sistema radical, de modificar la composición química de las aguas freáticas que llegan al río, e incluso la de las propias aguas corrientes. La tupida red de raíces de las plantas ribereñas absorbe los nutrientes disueltos en el agua, para su propio beneficio, y con ello disminuye la carga orgánica del ecosistema acuático, frenando los fenómenos de eutrofización. La existencia de un buen bosque de ribera, interpuesto entre el río y los terrenos agrícolas, es una buena garantía contra la llegada de los fertilizantes que los cultivos no han asimilado (generalmente por haber sido abonados en exceso), aunque su capacidad de ejercer de filtro verde tiene, como todo, un límite que, en demasiadas ocasiones, se sobrepasa ampliamente. Además, gracias a su entramado de raíces, los árboles ribereños sujetan las orillas, frenando su erosión. No son raros los casos en los que, por ganar unos pocos metros cuadrados de terreno cultivable, el bosque de ribera ha sido talado, y la superficie limpia resultante roturada, y en muchos de esos casos le ha salido el tiro por la culata al usurpador, pues la fuerza del río en las avenidas le ha arrancado el terreno que robó al bosque natural, y se ha llevado una franja del cultivo como propina. |
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La sombra que la vegetación riparia proyecta sobre el cauce, evita la incidencia lumínica directa sobre el agua. En los tramos profundos la importancia de ese parasol natural no es muy grande, pero en los tramos someros evita el calentamiento excesivo del agua en verano y amortigua las fluctuaciones bruscas de temperatura.
Al margen de que todos los animales acuáticos tienen un rango de temperaturas propio, fuera del cual no son capaces de sobrevivir, la temperatura ambiental incide directamente sobre la actividad celular. A mayor temperatura del agua, mayor actividad metabólica de los animales acuáticos y, consecuentemente, mayor necesidad de oxígeno. Como da la casualidad de que,cuanto más elevada es la temperatura del agua, menor capacidad tiene de mantener oxígeno disuelto en su seno, resulta que precisamente cuando más oxígeno necesitan los animales acuáticos es cuando menos oxígeno hay disponible en el agua, y esa paradoja es la que provoca muchos episodios de mortandades masivas en verano.
Por otra parte, cuando llega mucha luz solar directamente al cauce, la vegetación acuática, tanto la enraizada al fondo como la flotante, se desarrolla incontroladamente (siempre y cuando las condiciones físicas no lo impidan). La proliferación de macrófitas acuáticas y algas provoca graves déficits de oxígeno disuelto en las primeras horas de la mañana, ya que durante la noche respiran (consumen oxígeno) y no realizan la fotosíntesis (no aportan oxígeno).
Después de todo lo dicho, puede parecer que la luz solar es muy dañina para los ecosistemas fluviales, y que todos los cauces deberían estar totalmente cubiertos, prácticamente a oscuras o en penumbras, para salvaguardar su estado, pero nada más lejos de la realidad. La luz solar es imprescindible para el buen funcionamiento de ecosistema fluvial, pues de ella depende la producción primaria. En esto, como en todo, los extremos son malos, y lo ideal es que al río le llegue la luz solar en su justa medida.
Refugio y vía de comunicación
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Paisaje Ya desde un punto de vista más antropocéntrico, el valor paisajístico de los bosques ribereños es indiscutible. La existencia de
sotos diversifica la composición de especies vegetales del territorio, y constituye un elemento que aporta un punto de frescura
especialmente importante en ambientes mediterráneos o submediterráneos, más aún si el río está rodeado por cultivos de
cereal ya cosechados (paisaje estival de buena parte de nuestro territorio).
La tradición ancestral, existente aún en muchos pueblos, en virtud de la cual
se celebran comidas campestres de
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