Ponían una de vaqueros en la tele y no lo pensé dos veces –me voy al “far West”- .
Antes de comenzar, por llevar un poco de orden, consulté mis “cosas importantes y pendientes: Visitar la Sierra de San Pedro”. No deseo esta vez aburrir con datos técnicos, pero conviene saber que la Sierra de San Pedro está situada al Oeste, en Extremadura, entre las provincias de Cáceres y Badajoz y constituyen un territorio protegido (LIC, ZEPA) de excelente conservación y extraordinario en sus características, nuestro “Far West”.... Consulta en la red, te sorprenderás.
Nos separan escasos cuatrocientos kilómetros que, a velocidad permitida, suponen menos de cuatro horas de disfrute desde que pasas la provincia de Toledo, una bicoca.
Verás a tu izquierda, ya en Cáceres el imponente castillo de Oropesa.que adelanta las maravillas que te esperan en el recorrido. Sigues adelante y atraviesas el mismo Tajo que, a poca distancia, recorre el parque de Monfragüe, otra visita que ya haremos.
Mi viaje pretendía, como en las “pelis”, poner en mi parabrisas, pantalla panorámica de 100 pulgadas, technicolor y sonido alta fidelidad para trasladarme a la dimensión de mis sueños. Paisajes infinitos, viejas construcciones donde - ¿quién sabe? - puedan habitar escondidos malvados que retienen rehenes a los que rescatar....yo, ¡por supuesto!. Y, puesto el pie en tierra, escuchar mi respiración y el zumbido de mis oídos contemplando lo que “de gratis” nos ofrece el mundo. Una evolución que llevó, del caos, a poder ver el cielo azul que nos cubre y respirar el aire limpio, cuando no nos encargamos de ensuciarlo para padecimiento de mi alergia.
Corretee por carreteritas donde te puedes parar y hacer fotos, para que mi tiempo no fuera inútil y ahora pueda verlo en mi pantalla. Una dehesa aquí, un alcornocal allá; fantásticos campos , aún verdes, de avena y cebada y, al final, la presa de Hornotejero, donde, con paciencia, puedes ver, al atardecer, las manadas de ciervos que se crían para la caza mayor y que te hacen desear ser un ballestero para....perdonarles la vida y picar del queso y la hogaza, intercalado con el vinillo de pitarra, claro.
Busqué el regreso para, ahora sí, topar con el Lancelot de mi periplo y allí, en las lomas suaves, vi destacar sus torres. Mi sorpresa fue cuando, a la entrada de la villa había un cartel que decía “Trujillo”.
Cambié el chip y patee enfundado en yelmo y coraza, doblando las esquinas empuñando la cazoleta de mi espada con fuerza,...no fuera que me sorprendiera un rufián. Y subí las empinadas cuestas que daban protección a la fortaleza para, como buen caballero, poner mis oficios a la orden del señor y contarle que, perdido por mil caminos buscando la Cruz a la que proteger y con mi sola mirada en la virtud, llego a su feudo para pedir cobijo y algo de comer hasta mi inmediata partida.
Cumplidos los requerimientos que mi nobleza obligan y lleno el estómago de los buenos agasajos del prior de la abadía aneja al castillo que ¡Dios tenga en su gloria!, busqué distracción entre los pequeños puestos de comerciantes que, buscando protección de su señor, se ubicaban a los pies de la colina.
Mientras tranquilo recorría los tenderetes repasando las baratijas de rigor, de algún rincón oí una lengua que rápidamente identifiqué como la que hablaban aquellas tribus, mucho más al Oeste, en los palacios de las Indias cuando con Pizarro pisamos sus territorios.
Es sabido el voto de pobreza que las gentes de mi clase vienen obligadas a cumplir pero, de un pliegue de mi bolsa saqué una moneda, que había estado allí largo tiempo y que ahora entregaba a aquella muchachita indígena a cambio de un abalorio, no fuera a encontrarme una princesa y me sorprendiera con las manos vacías.
Saludo a todos los que, como yo, viajan para soñar.